Recursos sanitarios y envejecimiento de la población

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Vicente J. Baixauli

Vicente J. Baixauli, farmacéutico comunitario con más de 20 años de experiencia en el campo farmacéutico, comparte mensualmente con nosotros su reflexión sobre la situación actual de la farmacia comunitaria española. Sus reflexiones pueden darnos algunas claves para desarrollar una labor asistencial efectiva, segura y de calidad, que responda a las necesidades de la población.

La cronicidad es seguramente hoy en día una de las cuestiones que más preocupa a la administración sanitaria, y no es para menos. Las estadísticas y previsiones son claras y contundentes.

Si observamos las pirámides de población española de 1970, 2008 y 2050 del Instituto Nacional de Estadística, podremos apreciar cómo estamos pasando de una pirámide a una pirámide invertida que se espera para 2050, cuando la mayor cantidad de población será la comprendida entre los 70 y 80 años, y la población de 0 a 4 años no llegará a ser –salvo cambios- la mitad de la anterior. Se estima que los trabajadores serán 22 millones de personas y los jubilados (mayores de 65 años) serán 15 millones. ¿Sabéis lo que implicará este envejecimiento de la sociedad en la vida real y las repercusiones que tendrá?

La verdad es que no lo sabemos realmente, lo podemos intuir. Lo que sí sabemos es cuáles son los recursos sanitarios que tenemos ahora y que con ellos, tal cual están, no podremos hacer frente totalmente a las necesidades sanitarias de dicha población para dicha fecha, salvo que empecemos a prepararnos.

Nuestro sistema sanitario está enfocado hacia los casos agudos de los problemas de salud.  Normalmente la población a la que atender por problemas de salud es pequeña; cuando uno enferma va a que le atiendan. Es un modelo hospitalocéntrico en el que cada vez más es el paciente el que tiene que desplazarse desde su domicilio a recibir la atención sanitaria. Sin embargo, como he dicho, esta realidad ya ha sido superada y cada vez más hay un mayor número de pacientes viviendo en sus casas o en residencias; cada vez hay más mayores, que tienen más problemas de salud, y éstos son cada vez más crónicos. Cada vez utilizan más medicamentos, más asistencia sanitaria, y les es mucho más difícil acudir a recibir asistencia. El paciente, pese a que se diga que es el centro del sistema, no está siendo tenido en cuenta a la hora de diseñar la prestación de los servicios sanitarios asistenciales.

 

En el aspecto farmacéutico, cada vez se invierte más en los hospitales, en lugar de invertir en la atención primaria, más cercana al paciente, a su domicilio.

 

Se sigue discriminando a los pacientes con ciertos problemas de salud cuando acuden a los hospitales a por los medicamentos que necesitan únicamente por el beneficio económico que les da la administración y, en definitiva, se sigue alejando la prestación farmacéutica al paciente de su lugar de residencia, haciéndole incurrir en gastos de tiempo y dinero para tener acceso al medicamento, a su salud. Esta situación es preocupante cuando los pacientes no viven cerca de un hospital.

La constatación de esta realidad no se quiere o, mejor, no se atreven a publicarla. Así, todavía seguimos sin conocer oficialmente el importe del mal llamado gasto farmacéutico hospitalario, es decir, del gasto público en medicamentos dispensados a través de los servicios de farmacia hospitalarios, por no hablar del coste en el que se incurre para dispensarlos. Hace años el gasto sanitario en primaria crecía por encima de los dos dígitos y eso era “inasumible”. Se tomaron ciertas medidas y este gasto se ha dejado en un dígito y con valores cercanos a la mitad en favor de la atención especializada. Sin embargo, todavía hoy no sabemos cuánto se gasta en especializada. ¿Cómo es posible?
 
La realidad es que lo que ha pasado es un escándalo. De forma indirecta se cree que los datos son tan elevados que por ello no salen a la luz y que, si lo hiciesen, demostrarían que no solo no se ha disminuido el gasto, sino que ha aumentado. Pero, eso sí, en la atención especializada.

Y así seguimos, sin reorientar los recursos sanitarios hacia la atención primaria y, en nuestro caso, hacia la farmacia comunitaria, que es la que lleva a cabo la asistencia farmacéutica a los pacientes de este ámbito.

 

En este escenario ha surgido el debate sobre la atención domiciliaria y la atención sociosanitaria, ya que, ante lo que se avecina, es necesario generar una red sanitaria que supervise de cerca la evolución del paciente y de la que el farmacéutico no sea ajeno.

 

Y es que el farmacéutico comunitario presta en la farmacia una serie de servicios farmacéuticos a aquellos que pueden -por su propio pie- acudir a la farmacia y, sin embargo, aquellos que no pueden y que no podrán y que cada vez serán más (dependientes, polimedicados, encamados, etc.) tienen el mismo derecho a recibir dichos servicios, por lo que el farmacéutico comunitario tendrá que prestárselos –dentro de unos límites y dependiendo del servicio- en su domicilio o en su residencia.

El valor y el papel del farmacéutico comunitario en la atención domiciliaria y sociosanitaria está expuesto en un decálogo en el “Manifiesto Abarán” presentado en marzo de 2015 por la Sociedad Española de Farmacia familiar y comunitaria (SEFAC).

Pasar de curar a cuidar es un cambio muy importante en el sistema sanitario: implica aunar prestaciones sociales y sanitarias y, dentro de éstas, los niveles asistenciales de primaria y especializada, acercarlos al paciente. Y esto no es rápido ni sencillo, pues requiere reorganizar todos los recursos existentes, entre los cuales, mal que le pese a algunos, está la farmacia comunitaria.

Como es lógico, todos los colectivos quieren ser las estrellas de esta nueva realidad y contar con un papel activo en las estrategias de cronicidad. El farmacéutico comunitario no es una excepción. El sistema sanitario español no puede permitirse el lujo de abordar la cronicidad sin contar con las farmacias comunitarias, por lo que la farmacia comunitaria, desde este punto de vista, no tardará mucho tiempo también en comenzar a adaptarse a los cambios que exigirán los cambios demográficos y sanitarios a los que nos enfrentamos.

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