Sistemas personalizados de ayuda al cumplimiento

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Vicente J. Baixauli

Vicente J. Baixauli, farmacéutico comunitario con más de 20 años de experiencia en el campo farmacéutico, comparte mensualmente con nosotros su reflexión sobre la situación actual de la farmacia comunitaria española. Sus reflexiones pueden darnos algunas claves para desarrollar una labor asistencial efectiva, segura y de calidad, que responda a las necesidades de la población.

Un servicio farmacéutico que podría estar llamado a constituir un nuevo servicio farmacéutico concertado con la administración sanitaria es la preparación de sistemas personalizados de reacondicionamiento (SPR).

Muchos lectores no sabrán a que me refiero, aunque la mayoría intuirán que se trata de los sistemas personalizados de dosificación (SPD). A pesar de la enorme dificultad que supone intentar cambiar algo que no está bien expresado pero que “como figura así en la legislación, para que lo vamos a cambiar”, me resisto a utilizar una denominación imprecisa y que da lugar a confusión.

La realidad es que estos dispositivos de ayuda al cumplimiento han sido nombrados de diferentes formas desde su aparición ya casi hace dos décadas. En estos dispositivos no se dosifica nada -de ahí que se denominen de forma errónea como SPD-, sino que en ellos se reacondicionan medicamentos fabricados industrialmente a partir de los envases en los que éstos han sido puestos en el mercado, de acuerdo con una pauta posológica prescrita para cumplir un tratamiento.

Los sistemas personalizados de dosificación propiamente dichos están relacionados con la adaptación de la dosis y la forma farmacéutica que se realiza también a partir de algunos medicamentos fabricados industrialmente para satisfacer las necesidades farmacoterapéuticas de ciertos pacientes, como los neonatos. Por tanto, una cosa es adaptar dosis y otra reacondicionarlas, por ello no conviene utilizar una terminología que no se corresponde con lo que realmente se hace.

En cualquier caso, y aunque vulgarmente se les conoce como “pastilleros”, no cabe duda de que la utilización de estos dispositivos facilita y mejora el proceso de uso de los medicamentos en muchos pacientes. Por eso, su uso se ha extendido entre pacientes y cuidadores, lo que nos lleva a afirmar que estos dispositivos cubren una necesidad muy relacionada con el cumplimiento terapéutico. Sin embargo, la autorización legislativa para su preparación no llegó hasta la publicación del Real Decreto Ley 9/2011, que estableció que: “...Una vez dispensado el medicamento podrán facilitar sistemas personalizados de dosificación a los pacientes que lo soliciten, en orden a mejorar el cumplimiento terapéutico, en los tratamientos y con las condiciones y requisitos que establezcan las administraciones sanitarias competentes”.

Creo que es necesario poner en valor la preparación profesional de estos dispositivos respecto a su preparación por pacientes y cuidadores. En primer lugar es importante recordar que de acuerdo con la legislación farmacéutica (constatada con sentencias judiciales), la manipulación de los medicamentos está reservada únicamente a las farmacias comunitarias y a los servicios de farmacia, donde se dispone de personal, equipamiento e instalaciones acondicionadas para ello.

La manipulación de los medicamentos mal realizada puede ser una causa de problemas relacionados con los medicamentos y de resultados negativos en la salud. Algo tan básico como conocer si un medicamento se puede reacondicionar o no fuera de su acondicionamiento primario, y su estabilidad, no está normalmente al alcance de los pacientes o sus cuidadores, por lo que suele obviarse cuando éstos preparan los pastilleros en sus domicilios.

No voy a entrar en las condiciones en las que se manipulan los medicamentos, si se fraccionan o no, y cómo, ni tampoco en la higiene de los pastilleros. Pero me gustaría incidir en la diferencia que supone saber si los medicamentos que se introducen en los pastilleros son los adecuados, según la pauta correcta, durante el tiempo adecuado y sobre todo, si han sido revisados en el sentido de comprobar que no existen duplicidades, interacciones o contraindicaciones con los problemas de salud del paciente a quien van destinados. En definitiva, pensar o manifestar que preparar SPR consiste en rellenar pocillos con pastillas de colores de forma manual o automática no hace más que banalizar este servicio, el medicamento, su manipulación, y a los profesionales de éste: los farmacéuticos. En todo caso, realizar esta manipulación y sus consecuencias queda bajo la propia responsabilidad de quien lo hace.

Para que la manipulación de los medicamentos sea segura ha de estar garantizada por un farmacéutico capacitado para ello, pues hay que revisar los medicamentos, reacondicionarlos si procede, en dispositivos apropiados y bajo unas condiciones adecuadas, sometiendo el proceso a un control de calidad y a una serie de registros que aseguren la trazabilidad del proceso y los medicamentos utilizados. El farmacéutico puede y debe prestar este servicio en beneficio de los pacientes en el marco de un catálogo de servicios profesionales.

Para ello, algunos pensamos que esto requiere de dos requisitos: una formación o una capacitación específica sobre esta actividad para poder prestar este servicio, sobretodo porque es posible que algunos farmacéuticos no asistieran a la “clase o a la asignatura” de la licenciatura o del grado en farmacia en el que se les enseñaba a realizar esta revisión, el reacondicionamiento y el control de este proceso de manipulación de los medicamentos, y disponer de un equipamiento e instalaciones donde realizar este proceso de forma adecuada.

Así pues, preparar correctamente un SPR se garantiza mediante la exigencia de una responsabilidad a quien presta este servicio, y esto tiene un coste. Por tanto, prestar este servicio tiene un coste que hay que pagar para que éste sea sostenible. Regalar algo que tiene un coste con el fin de “fidelizar” o captar clientes, tiene un nombre, y si además se hace en relación con los medicamentos está tipificado en la legislación farmacéutica como una infracción.

Pero lo más preocupante de esta situación es la banalización que supone el servicio en sí, no ya solo por el desprecio al valor que supone el tiempo que un profesional dedica a realizar una actividad con unas condiciones determinadas que además tiene un reflejo directo en el cumplimiento del paciente y lo que ello supone a todos los niveles, sino también por la imagen que se proporciona al paciente y la competencia desleal que se realiza sobre el resto de farmacéuticos.

Por otro lado, subastar este servicio a la baja e impedir la participación de las farmacias comunitarias en un concurso público si éstas no ofrecen este servicio por debajo de un precio fijado que no se ha justificado debidamente, tampoco redunda en la calidad para su prestación al paciente.

En resumen, la preparación de SPR es otra oportunidad más para que la farmacia comunitaria, a través de un servicio profesional, aporte un valor añadido al medicamento mejorando su proceso de uso por el paciente.

¿Lo prestamos?...

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